viernes, 3 de enero de 2014

Paseo Domingo


     El “Paseo domingo” jamás había estado tan repleto como aquella noche limpia y fría y con aquel cielo negro desvestido dejando ver sus miles de estrellas y la luna eternamente callada. Era viernes 11 de diciembre del trágico año 2001, el mismo año en el que perdí a mi madre y me gradué de profesora en la universidad pedagógica. Me hallaba yo sentada y solitaria de alma en una de las tantas mesas de aquel bar, rodeada de amigos bulliciosos y cerveza que iba y venía en un estruendo agudo de botellas, con música desbordándose de unas cornetas que no lograba ubicar y el agrio y asfixiante humo de cigarrillo. Mis ojos escaneaban el lugar una y otra vez, paredes blancas decoradas con cuadros un tanto bohemios de viejos festivales de salsa y jazz y recortes antiguos de artículos de periódico sobre obras de teatro; viejas lámparas colgaban del techo sobre las mesas y la gente arrojando una envejecida luz amarillenta que nos hacía a todos un poco sombríos y misteriosos. No había ventanas, solo una alta pero angosta puerta de madera que era la principal y, al otro extremo del salón, un enorme balcón que bajaba directamente a la playa. El “Paseo domingo” poseía un definitivo encanto en aquel pueblo costeño, haciéndonos sentir íntimamente conectados y aparte de la sociedad.



En las mesas redondas y blancas se iban formando poco a poco y en relieve las caras de aquellos a quienes no olvidamos, sea por bien o por mal, y más de un asiduo al bar afirmaba que al llegar las 3 de la mañana sus voces se fundían con la música, hablando del pasado y perdonando sin reservas. Mary, una amiga de la universidad que había ido en noviembre con su novio, me comentó un lunes que habían durado hasta las 6 de la mañana bebiendo y riendo y que, además de confirmar los rumores de las caras en las mesas, se sorprendieron cuando justamente a las 4:15 aparecieron de la nada unas cinco parejas, que comenzaron a bailar por entre los asistentes un merengue de antaño, vestidas con ropas de la época de la colonia, con piel traslúcida y sin hacer el menor de los ruidos. Al escuchar aquello pensé que debió haber sido una visión inquietante, salida de una pesadilla fugaz, pero allí estaba yo un mes después con mis amigos y amigas de la infancia, ellos hablando en voz alta sobre nuestras locuras adolescentes y los conciertos a los que solíamos ir, bebiendo y riendo; y yo recordando a mi madre, mi pérdida, mientras su rostro me devolvía la mirada y me sonreía desde la superficie de la mesa.




Poco a poco me fui adaptando más al ambiente y ya mi rostro no reflejaba aquel dolor de ver a mi madre de nuevo en aquella mesa. Recuerdo haber pedido un ron, no soy tan amante de la cerveza, puro y seco el cual bebí sin contemplación mientras mis amigos me celebraban y vitoreaban la hazaña. Vaso tras vaso me deleitaba un poco más, el estómago y la garganta ardiente y mi lengua un poco floja eran sensaciones de repente mágicas para mí. Un viejo reggae comenzó a sonar y de inmediato nos levantamos todos y cantamos a gritos como locos, yo les miraba las caras a cada uno y los quise más, miraba la mesa en medio de nuestro circulo y allí estaban nuestras madres y hermanos y abuelos y padres y amigos sonriéndonos y cantando con nosotros. Hay momentos que nos hacen más amigos, más cercanos, cómplices y amantes de la vida con todo y sus tragedias.




Sentí una brisa mínima, helada, cuando salí al balcón por un rato. Unos cuantos escalones llevaban a la playa, pero sólo quería relajarme allí afuera fumando y bebiendo, sintiendo el sabor y los olores y abajo el estruendo de las olas y mi piel un poco erizada por el frío nocturno. Mirar la luna rodeada de amigas brillantes fue una alucinación. Todos mis sentidos estaban activados al máximo. ¿Qué más se puede pedir en la vida? Sentí que podía morir en aquel mismo momento. Fantasmas caminaban por la orilla de la playa, niños y niñas, jóvenes tomados de la mano, adultos, viejos; todos ellos pasaban y me saludaban y allí supe que alguna vez habían estado en mi lugar, en el mismo balcón. Todos eran luminosos y sonrientes. Al regresar adentro vi como varias parejas de antaño bailaban muy juntos, mezclados con los vivos, un amigo me tomó la mano y allí nos unimos al baile.




Era un viejo bolero, muy triste, pero en mi corazón no hubo pena alguna nunca más. Mansamente dejé descansar mi mejilla en su hombro y me dejé llevar. Luego vino otra canción… y otra… era un baile eterno. En un determinado momento levanté la vista y, sobre el marco de la puerta principal, vi un pequeño cartel de madera. Allí estuve segura de lo que antes creí saber, quizá desde el mismo momento en que entramos a aquel lugar: nuestros recuerdos quedarían por siempre entre aquellas mesas, aquellas paredes; las almas de los que entraban nunca volvían a salir.




H.D. 

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